TALLER LOS PIRATAS, CORSARIOS Y BUCANEROS

Taller los piratas, corsarios y bucaneros

PIRATAS O CORSARIOS ESA ES LA CUESTIÓN 

A finales del siglo XVI, la expansión europea hacia América, Asia y África continuaba teñida de sangrientos enfrentamientos. 


Aunque no sólo se constataban luchas contra el dominio de los europeos en los distintos territorios del globo en donde éstos buscaban imponerse. 


También el continente europeo sufría de sus propias batallas, de sus luchas internas que estaban fuertemente marcadas por su carácter religioso. España, unida a la corona de Portugal desde 1580 hasta 1640, se había convertido en un poderoso imperio. 


Según Jonathan Israel1, a finales del siglo XVI y principios del XVII, el hecho de que sólo España poseyera el mayor poder marítimo, colonial y militar de Europa, estuviera libre de rupturas confesionales en su interior y de haber conseguido (al menos en apariencia) un convencimiento religioso uniforme, significó que sólo ella entre los otros poderes fue capaz de infundir sus propias estrategias y política imperiales con un fuerte sentido y carácter de juramento confesional.


 Defensora y propagadora de un catolicismo ferviente y de un sistema económico exclusivista, España generó el odio y la resistencia de reformados y excluidos, quienes lucharon contra esa hegemonía desde los más diversos campos de batalla.


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En el presente trabajo, para analizar los enfrentamientos que se dieron contra los poderosos ibéricos, hemos optado por distinguir dos frentes: uno externo y otro interno. 


Sostendremos que el primero tuvo como escenario a los océanos y a los asentamientos costeros, generalmente en suelo americano aunque no exclusivamente. 


En este sentido, la piratería, primero francesa, luego inglesa y finalmente holandesa, representaría la estructuración ofensiva del frente externo, el cual estuvo caracterizado tanto por las persecuciones y enfrentamientos en el mar, como por las luchas en tierra. 


Destrucciones de barcos, de pueblos y casas, tomas de botines, establecimiento de nuevas redes comerciales con los nativos, etc. fueron asimismo los componentes básicos de la piratería


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Durante el siglo XVII Inglaterra desarrolló una política exterior anti española y, como nueva potencia, protegió a los piratas que atacaban a los barcos de España. 


De este modo pudo romper el monopolio comercial y ocupar territorios estratégicos en el mar Caribe. Con la conquista de Québec y Montreal, en Canadá, América del Norte, los ingleses también desplazaron el poderío francés. 


El Caribe fue sin duda una región vulnerable del dominio español: por esas aguas pasaban las rutas de transporte que conectaban a las colonias con la metrópoli. 


Era una zona militarmente débil frente a la amenaza extranjera, aunque los puertos estaban fortificados: por ejemplo, las ciudades de Cartagena de Indias, Portobelo y la fortaleza del Morro en La Habana


Las distintas formas de la piratería americana son propias del período comprendido entre la primera mitad del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVIII. 


En estos años la figura del pirata constituyó un símbolo de la época, exaltado por novelas y leyendas. Es preciso aclarar que hay diferencias entre piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros. 


El Corsario es el tipo de navegación que se hace con buques mercantes, provista con patente de un gobierno, en busca de buques enemigos, con el objeto de ejercitar sobre ellos el derecho de presa. 


El corsario efectúa, por tanto, una actividad en principio legal desde el prisma jurídico del derecho del país cuyo pabellón ampara su buque y su actuación queda delimitada por el alcance de la patente, documento que determina el otorgamiento del derecho, que no puede generalizarse a todo buque mercante, sino únicamente al titular de la citada patente.


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Por contraste, el acto de piratería es un acto de depredación y violencia cometido en alta mar o en zona sometida a la jurisdicción de algún país, con fines privados, desde una nave en ningún caso representante de un Estado, aunque en algún tiempo y época, como en sus andanzas en América en el siglo XVI, recibieron apoyo de algunas potencias europeas interesadas en acciones que a veces llevaban a cabo conjuntamente.


 No obstante, estas situaciones solo deben ser asumidas como valimiento oportunista hecho por algún país, sin que pueda hablarse de cumplimiento de legalidad en materia de piratería en ningún aspecto, tanto desde el ámbito de los Derechos internos como del Derecho internacional.


 El pirata es un ladrón que tiene el mar como lugar de trabajo, no utiliza buque de Estado, no se ampara en pabellón conocido, no ajusta su conducta a mas ley que los usos de su clase y condición, aunque puede decirse que tiene, en alguna forma, «normas propias», adoptadas en la «Asamblea» del barco pirata, en la que cada tripulante tiene un voto, adoptando una suerte de organización democrática que, en cierto modo, recuerda los movimientos asamblearios de organizaciones anarquistas. 


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Los ingleses John Hawkins y Francis Drake fueron los grandes personajes que señalaron la aparición del corsarismo en la América del siglo XVI. Glorificados por la literatura se convirtieron en símbolos de esta actividad. 


Propiamente americanos fueron los bucaneros y los filibusteros. Los primeros aparecieron desde 1623 en partes deshabitadas de La Española, que poseía gran cantidad de ganado cimarrón. 


Estos personajes cazaban el ganado, que luego era asado y ahumado (bucan), labor que les valió el epíteto de bucaneros.


 Más tarde, muchos de ellos se hicieron piratas, aunque continuaron autodesignándose bucaneros, mientras otros siguieron dedicados a la caza y venta de productos ganaderos. 


A estos no los amparaba ningún gobierno. No eran hugonotes, ni anglicanos, ni calvinistas, ni católicos, y podían serlo todo sin que nadie les dijera nada por ello. 


Eran rebeldes que vivían al margen de la civilización. Fueron propios del Caribe y del segundo cuarto del siglo XVII, período que coincide con el declinar del Imperio español, que difícilmente pudo controlar las depredaciones en el vasto mundo isleño.


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Cuando los bucaneros abrazaron abiertamente la piratería se transformaron en filibusteros, fenómeno exclusivo del Caribe que tuvo su momento más importante en la segunda mitad del siglo XVII. La principal guarida de los filibusteros fue la pequeña isla Tortuga, ubicada al noreste de La Española. 


Merece destacarse la conformación de la Cofradía de los Hermanos de la Costa, agrupación gremial masculina que asoció a los filibusteros con la finalidad de garantizar a sus miembros el libre ejercicio independiente de tal profesión.


 No existía la propiedad individual sobre tierras y barcos, considerados bienes comunales. Los miembros de la cofradía sólo eran propietarios de sus pertenencias y de una parte del botín. Cuando alrededor de la última década del siglo XVII se empezaron a perder estas costumbres comunitarias esta asociación desapareció. 


El filibusterismo fue aprovechado por los países de Europa Occidental en su pretensión colonialista. Les brindaron refugio y ayuda a cambio de la cual se convirtieron en serviles a sus propósitos.

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La aparición de las grandes riquezas de oro y plata en América despertó la codicia de los enemigos de España. Para participar del botín y romper el monopolio hispánico, distintos gobiernos y compañías comerciales europeas se valieron de los corsarios y piratas. 
La existencia en Europa de mucha población pauperizada proporcionó los hombres que, atraídos por los metales preciosos, el espíritu de aventura, la defensa de sus principios religiosos o la simple búsqueda de la libertad, conformaron las dotaciones de los «perros del mar».
 Asimismo, la debilidad del imperio ultramarino español favoreció el éxito de numerosas incursiones piratas que, a su vez, estimularon a otros a seguir el ejemplo. 
Las colonias no sólo carecían de un suficiente número de hombres y fortificaciones, sino también constituían un espacio geográfico muy extenso, lleno de refugios e islas difíciles de vigilar.

En el Caribe se encontraron los puntos de entrada de los enemigos de la Corona española; allí instalaron sus bases los ingleses y también allí se concentraron la piratería y la acción de los corsarios, frecuentemente ingleses. 


Sus embestidas se hicieron habituales, y obligaron a España a aumentar el número de galeones armados para custodiar los barcos que transportaban la plata hasta el puerto de Sevilla. Los barcos piratas atacaban las naves para asaltarlas por su propia cuenta. 


En cambio, los corsarios contaban con el apoyo directo de su país de origen (que financiaba las expediciones), recibían las llamadas patentes de corso y robaban para su corona, con la que compartían el botín y las considerables riquezas americanas. 


El más famoso corsario inglés fue Francis Drake, quien castigó duramente a las colonias españolas; se dedicó, junto con John Hawkins, al contrabando de esclavos africanos en el Caribe, y en 1578 emprendió la segunda vuelta al mundo.

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Durante el siglo XVII (1601-1700) se produjo un nuevo reparto de América: el mar Caribe dejó de ser una zona exclusiva de colonización española, y muchas islas que nunca habían sido ocupadas, como las llamadas Pequeñas Antillas, pasaron a dominio inglés, holandés y francés.
 La colonización inglesa comenzó con la ocupación de las islas Bermudas y Barbados (1624). Luego Inglaterra se apoderó de las islas Bahamas, y en 1655 le arrebató a España el dominio sobre Jamaica. 
Este conjunto de islas son llamadas “las islas del azúcar”, junto con Haití (colonia francesa) y Cuba (española). Jamaica se convirtió en la joya más preciada del imperio británico durante el siglo XVIII. 
La comunidad blanca jamaiquina era dueña de plantaciones y propietaria de esclavos; éstos, a principios del siglo XVIII, eran diez veces más numerosos que los colonos blancos (en 1838, con la abolición de la esclavitud, fueron liberadas más de 300.000 personas). 
Esto fue posible porque, a partir de la conquista de Jamaica, los ingleses instalaron allí un gigantesco depósito de esclavos africanos, un “asiento de negros” desde donde podían contrabandear esclavos y mercancías hacia el Virreinato de Nueva España y todo el Caribe
.

De este modo, el contrabando se convirtió en otro punto de conflicto entre España e Inglaterra, ya que el monopolio español prohibía a los barcos ingleses comerciar con las colonias españolas. A pesar de la prohibición, este comercio se desarrolló en forma ilegal a través de las rutas prohibidas por España. 


El contrabando no fue marginal o episódico, sino un fenómeno masivo que contó con la complicidad de los funcionarios españoles en las colonias. Jamaica y otras islas del Caribe se constituyeron en activos focos del comercio ilegal.


 Esto también ocurrió en los puertos alejados, como el de Buenos Aires, que se veían perjudicados por el sistema monopólico español, ya que no contaban con un abastecimiento regular de provisiones y recibían muy encarecidas las mercaderías provenientes de España. 


Esta carencia se suplía por el comercio ilegal, y desde muy temprano existió una presencia de los ingleses en el Río de La Plata, en la costa patagónica y en las islas Malvinas, donde fundaron Puerto Egmond (1765). 


La caída de Cuba estimuló en España la idea de reformas para fortalecer el imperio americano. La rivalidad anglo-española se agudizó en 1776, cuando la monarquía española decidió apoyar la independencia de las trece colonias inglesas en América del Norte, e interviene en la guerra apoyando a los colonos con el propósito de recuperar Florida.


Otro corsario inglés, Henry Morgan, actuó durante el siglo XVII y puso en jaque la dominación española en el Caribe. Entre las incursiones de Morgan, que actuaba protegido por la Armada Británica, se destacan su participación en la ocupación de Jamaica y una excursión dirigida contra Cuba.

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